FOLKLONAUTAS

Folklore 2.0

A sangre derramada en defensa de su tierra madre y su cultura escribió para el olvido de

los argentinos una de las páginas más infames de la conquista española y a la vez el más

trágico y sublime capítulo de la resistencia americana a la prepotencia imperial.
La nación quilmeña habitó al Valle Calchaquí, en la actual provincia de Tucumán, desde

aproximadamente el 900 de nuestra era, ocupando el territorio que va hacia el norte hasta

la zona de El bañado y Colalao, alcanzando al sur el Yocavil, nombre dado por los oriundos

al valle, rebautizado por los cristianos como de Santa María. Allí, en el cerro denominado

Alto del Rey, se encuentran las ruinas de la ciudad que fue su último bastión, cuando estos

trazos laberínticos eran sus viviendas, plazas, anfiteatro, graderías y fortificaciones

defensivas que dominaban el valle. En la ciudad estratégicamente situado en el abrazo

rocoso del cerro, las mujeres hilaban, tejían, molían el grano y atendían el ganado lanar;

los niños retozaban, aprendían el manejo del arco y la honda y colaboraban en la

recolección de leña y los frutos del algarrobo, el chañar y el mistol, y los hombres eran

hábiles alfareros, tallistas y fundidores de piezas de hierro y bronce. Integraban una

comunidad solidaria de agricultores y pastores basada en la propiedad colectiva de la

tierra que había logrado domesticar su árido entorno natural a través de importantes obras

de canalización y acopio del agua para la irrigación de sus cultivos.
Los Quilmes fueron una parcialidad de la etnia cacana, mal llamada calchaquí por los
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españoles en referencia al nombre del gran jefe Juan Calchaquí, quien condujo el proceso de

unificación de los distintos grupos en la guerra contra el invasor. También, desde

principios del siglo XX, se los llamó "diaguitas", comprendidos otros pueblos por encima de

sus localizaciones geográficas por las que se los identificó como tafíes, cafayates,

tolombones, yocaviles, pacciocas, colalaos entre otras denominaciones más o menos

arbitrarias. Pero en realidad lo que los unía, más allá de sus particularidades e

intereses, era la lengua, el cacán, por lo que cacanes sería el gentilicio apropiado. Todos

serían descendientes de los aymaras que habrían llegado desde el norte del lago Titicaca,

en Bolivia, algunos años antes de la era cristiana. La nación del conjunto de pueblos a la

que pertenecieron los quilmes construyó su identidad a través de los siglos en el seno de

la también mal llamada "cultura
santamariana" que floreció entre las montañas del inmenso valle hoy compartido por tres

provincias, Tucumán, Catamarca y Salta. Esta cultura, tributaria de las grandes

civilizaciones andinas, se caracterizó entre los arqueólogos y antropólogos por sus pautas

sociales, artísticas y religiosas con un estilo propio inconfundible. Millares de urnas

funerarias con iconografía felínica y draconiana muestran una temática constante con gran

poder de síntesis e infinitas variaciones de mano individual propias de una cultura

material y simbólica sofisticada. Tal como para los cristianos el pez y la cruz o el canon

de filigrana y la media luna para el Islam, aquí es la serpiente bicéfala, el sapo, el suri

(ñandú) el jaguar y las figuras del zig zag y la espiral. Ejemplares de estas urnas y otros

artefactos producto de la rapiña europea se encuentran en todos los MUSEOS antropológicos

del mundo. Como entre los incas, en algunas de ellas se daba sepultura a niños sacrificados

en ocasiones especiales de calamidades naturales y epidemias, en solemnes rogativas a las

deidades del Sol y la Luna. La ceremonias en estos casos, así como para la guerra,

consistían en danzas y cánticos inspirados en la embriaguez de la chicha y el cebil, un

alucinógeno obtenido del árbol del mismo nombre. En la noche, iluminados por las grandes

fogatas y bajo el profundo cielo estrellado, mujeres, hombres y niños debieron elevarse en

una experiencia colectiva en conexión con el cosmos visto e intuido. Para ellos, concientes

hijos de la tierra (Pachamama) la Vía Láctea era el camino de los muertos en su viaje

circular fuera del tiempo. Muy poco se sabe de la religiosidad de los quilmes, pero puede

interpretarse que era una forma de panteísmo en el que la vida y la muerte, en su profunda

relación de necesidad, tendrían un sentido muy distinto de la idea occidental de los

opuestos. Con seguridad Runa, con el doble sentido de hombre y pueblo, no era el concepto

abstracto de humano o humanidad, sino los humanos concretos y en acción, hijos de la Tierra

y el Sol, como todos los seres vivos de los mundos animal y vegetal, dándose vida y muerte

en la cadena regenerativa de la existencia. Entre los quilmes no se había impuesto siquiera

Viracocha, el dios mítico de los incas, producto de una sociedad jerárquica bajo la

potestad del Inca, dios viviente.
Casi sin excepciones las creencias, las prácticas rituales, las leyendas y las

representaciones del arte y la arquitectura de las naciones andinas prehispánicas estaban

consubstanciadas con la producción de alimentos y bienes materiales en general, así como

con la organización social y las relaciones con el medio natural. En Quilmas, en la llamada

Quebrada del Molino próxima a las andenerías de cultivo, existen los restos de una

construcción que habría sido una pequeña kallanca o tampu (almacenes de alimentos de

distribución comunitaria) así como la muralla que encierra la ciudadela armada y la represa

de pircas (muros bajos) de tres metros de ancho que se encuentran al sudoeste,

;probablemente de origen incaico. El incanato había

llegado a los valles precedido por su prestigio militar y la eficacia de su sistema

económico socialista que había acabado con las hambrunas y la guerras tribales, unos

cincuenta años antes de la llegada de los cristianos. Los incas habían impuesto su

presencia administrativa sin alterar mayormente aun el orden preexistente ni el idioma. El

quichua o Runa sumi se impuso en realidad posteriormente con los españoles y los incas

vencidos incorporados a sus fuerzas.

LA RESISTENCIA

Un aciago día de 1547 los españoles llegaron a los valles bajo al mando del aventurero

Diego de Rojas, bajando por Tafí (Taktikllakta, en cacán y luego españolizado Tafigasta)

hacia el llano tucumano, donde ya existía una precaria colonia de españoles del Perú. Ya en

plan de colonización los objetivos que se proponían eran de importancia estratégica para el

sometimiento y explotación de los indígenas de toda la región. Necesitaban un enclave

colonial como paso y salida hacia el Atlántico, un destino para los colonos descontentos

con su suerte en Perú y un corredor para el comercio con Chile, además del establecimiento

de una guarnición militar para contener las acometidas de los belicosos aborígenes del

Chaco. En 1550 Nuñez del Prado fundó en el piedemonte tucumano la Ciudad del Barco,

rápidamente arrasada por la resistencia. Tras varios intentos sucesivos con la misma suerte

finalmente en 1565 se fundó en Ibatín, en el acceso a la región valliserrana, la ciudad de

San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión. Situada sobre la Ruta del Perú que

conducía desde los valles al Río de la Plata. Ibatín era de fundamental importancia para la

empresa de colonización y desde allí se lanzarían las campañas militares para la reducción

de los calchaquíes y su destinación a las encomiendas como mano de obra esclava.

La intención del invasor era reproducir sobre las espaldas de los reducidos el Borgo

agropastoril que España había heredado de la ocupación romana, estableciendo feudos (las

encomiendas) que enriquecieran a los encomenderos y tributaran a la Corona. Incorporadas a

este sistema las parcialidades indígenas derrotadas y sumadas a las fuerzas del vencedor,

les faltaba aun bajar a los insurrectos de sus montañas. El primer alzamiento indígena

confederado estalló en 1559, cuando el cacique tolombón Juan Calchaquí logró organizar a

los pueblos de los valles y quebradas hasta al altiplano, manteniéndose en pié de guerra

hasta 1563, La alianzas para la resistencia entre grupos y naciones independientes se

establecían cuando el curaca (cacique, jefe) de uno de ellas enviaba a los demás una flecha

con su insignia. Si esta era aceptada se sellaba un pacto por el que se subordinaban todas

a la jefatura transitoria del jefe convocante. Este se convertía en un general con su

estado mayor integrado por los curacas aliados. Así se unían para la guerra de liberación

grupos desvinculados políticamente, e incluso que habían estado enfrentados por conflictos

territoriales, de los que los españoles finalmente sacarían partido. El legendario Juan

Calchaquí, estratega temido por el enemigo, había aplicado sin conocerlo el principio del

pueblo en armas, despoblando las llanuras y fondos de valles, cortando las acequias y

acantonando sus fuerzas en los cerros. “En Calchaquí - escribió el cura Lozano (1745)- todo

se compone de altísimas montañas y muy agrias cordilleras. En ellas ponían la mayor parte

de su poder de que no se les podía hallar en sus asperísimos senos. Eran diestros y

prácticos que a lo que a nosotros nos parecían despeñaderos lo hallan camino llano.”

El antecedente histórico de la rebelión del 59 fue el Gran Alzamiento de 1630/43, conducido

por el curaca yocavil Utimpa y limitado al sur. La mayor fuerza y masividad de este

movimiento se había verificado en Andalgalá, actual Catamarca, y al sur de La Rioja,

concluyendo con la derrota y el sometimiento de algunas parcialidades y la precaria

pacificación de otras. En tanto varios asentamientos españoles habían sido destruidos. En

el 59, tras décadas de resistencia defensiva, el factor desencadenante de la ofensiva

calchaquí fue la presencia de un ambiguo personaje, el andaluz Pedro Bohórquez, impostor

autoproclamado Inca, quien logró el reconocimiento de los curacas, mientras que ofrecía al

gobernador del Tucman Alonso de Mercado y Villacorta la pacificación y sometimiento de los

alzados. Tras diversas alternativas bélicas y oscuras negociaciones, esta intriga sería

descubierta por los curacas y determinaría su derrota y prisión por parte de los españoles.

El doble agente e Inca de utilería fue ejecutado por sus compatriotas en 1667. Así la

nación de los quilmes quedó a la vanguardia de la resistencia.

Los colonos españole vivían en esos años una etapa de prosperidad en el llano tucumano,

gracias a la gran cantidad de indios encomendados en las plantaciones de algodón. Como

éstos eran más de los que necesitaban para la explotación agrícola y el servicio personal,

los encomenderos los alquilaban como mulas a las minas de Potosí y Chile. Derrotados los

tolombones y pacciocas de la zona norte del valle tras su larga y valerosa resistencia, los

sobrevivientes se convirtieron en un colchón protector, siendo incorporados a las fuerzas

españolas contra Quilmes y sus aliados yocaviles y anguinahaos. En agosto de 1569 los

hispanos emprenden su “ofensiva final” de exterminio y se lanzan con todas sus armas contra

los quilmes en la quebrada de Omakatao. La sangrienta batalla de tres días culmina con la

derrota, deserción y dispersión de las tropas españolas. Durante los seis años posteriores,

temiendo ser atacados en el llano, los hispanos no intentarán un nuevo ataque. Temían

también a los indios reducidos de cuya lealtad forzada desconfiaban, y las encomiendas y

plantaciones de Ibatín fueron abandonadas iniciándose un nuevo período de ruina.

Sin embargo el orgullo y los intereses de España, que necesitaban libre la Ruta del Perú y

ofrecer una demostración de fuerza a los ya sometidos, decidieron el retorno de sus huestes

al valle. Tras más de cien años de guerra y penurias los quilmas quedaron finalmente solos

frente al no menos obstinado enemigo. Los soldados españoles veían desde el bajío las

hogueras y danzas de aquel pueblo irreductible. Estimulados por el sentimiento de patria,

pero también por la chicha y el cebil fumado en pipas, cantaban al Sol y la Luna aquellas

letanías desgarradas que sobrecogían a los rudos sitiadores y hacían gemir a sus perros de

guerra. Desde lejos y en la superstición y el temor a lo desconocido, los sitiadores veían

en aquellas ceremonias las orgías heréticas de sus propias fantasías de confesionario.

Habían llegado oportunamente en días previos a las cosechas. Los invasores soltaban a sus

caballos y ganado en los cultivos, esperando rendir al pueblo por hambre, ya que en los

intentos de asalto a sus defensas eran invariablemente rechazados. Los quilmas a su vez

eludían en este trance los combates a campo abierto, en los que las armas de fuego, los

caballos y los perros decidían la suerte a favor de los cristianos frente a las flechas y

las piedras de honda. Vencidos sus aliados, destruida su economía, desbastado su

territorio, Quilmas iba a ser derrotada, jamás rendida. Pero aquellos condenados cantaban y

bailaban, gritaban no hacia abajo donde el enemigo acampaba, sino hacia arriba, elevándose

quizá a la Vía Láctea, el camino venturoso de los muertos. Ya habían demostrado que no

temían a la muerte, sino a la esclavitud. Aquel pueblo acantonado en su última porción de

tierra y ante la segura promesa de esclavización, conocía desde generaciones al enemigo y

el destino de los vencidos, convertidos en bestias de trabajo y alimento de perros.

Conocían esas caravanas bárbaras de los que venían en nombre de la civilización, en las que

sucios y malolientes mercenarios a caballos seguidos de sus perros hacían marchar a los

prisioneros encadenados y de tanto en tanto daban uno de ellos a los mastines como

alimento, tal como testimoniaron algunos cronistas de la Compañía de Jesús.

Una mañana, tras la noche insomne de hogueras y danzas allá arriba, con espanto

injustificado, como si no hubieran profanado la vida setenta veces siete, los invasores

vieron como hombres, mujeres y niños se arrojaban al vacío desde los despeñaderos de su

sierra madre. Las familias sobrevivientes fueron desintegradas y repartidas para el

servicio personal de los españoles en carácter de pago por diversos servicios prestados a

la corona. En 1666, por orden del gobernador Mercado y Villacorta, unas trescientas

familias fueron enviadas, en una penosa travesía a pie en la que muchos murieron, a Buenos

Aires y otras a Córdoba y Santa Fe. Algunos fueron distribuidos dentro de la ciudad

fortificada, mientras que a otros se los envió al sur de la costa bonaerense, al lugar que

hoy lleva el nombre de Quilmas. Antes del traslado a Buenos Aires habían sido estacionados

en el llano tucumano. Allí, según testimonios de la época, convirtieron las tierras

incultas en un vergel que, escribió el cura Lozano, era una maravilla de ver. Lentamente,

malviviendo en tierra extraña, perseguidos por “vagos y malentretenidos”, las mujeres en

servidumbre o prostituidas, los restos del legendario pueblo de los quilmes fue

desapareciendo, diluido en silencio en la mezcla de razas, olvidado por la historia oficial

de los criollos. Desaparecidos, en la acepción argentina de la palabra.

Pero hay que escribirlo: la nación Quilmes fue el primer gran movimiento antiimperialista

registrado en territorio argentino, mucho antes de que Argentina fuera el país del olvido,

donde genocidas como Roca y Diego de Rojas tienen calles y monumentos
Textos: www.portaldesalta.gov.ar
Fotos y videos: www.folklonautas.com
video filmado en La Ruinas Quilmes y Los Valles Calchaquíes, cantado en vivo por el grupo

Amalhaya , en primera voz Sergio Aguirre ,segunda guitarra Daniel López, Percusión Sergio

Sanchez

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Respuestas a este tema

Esta es una de las tantas barbaridades que cometió la conquista española en américa,y despés me van a hablar del día de la raza,hay que destituirlo para siempre,yo soy descendiente de vascos,una parte de España pero no puedo dejar de considrar que esos tambien fueron actos de leza humanidad,pero en ese entonces no existian los derechos humanos.Cabe aclarar que entre los Quilmes era tan fuerte el deseo de la no esclavitud que ante la derrota sus mujeres dejaron de ovular para no tener hijos que nacerian esclavos.

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Aquí tambien cabe mencionar,que no se los podia someter bajo ningun método dada que era tan perfecta su reisitencia,pero aquí el detalle,Los Quilmes habian desarrolado un sistema de subir el agua a su reducto cuando no existian las bombas por medio de un inteligentisimo sistema creado por ellos mismos,entonces cual fue la estrategia interrumpirle ese sistema por lo tanto los dejarón sin agua entonces recien ahí los pudieron dominar y hacer la masacre que hicieron,mi pregunta cuantos argentinos que hoy beben esa cerveza con esa marca conocen esta historia,porque esa ciudad lleva ese nombre por ellos LOS QUILMES.

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